La biblioteca. Un cuento (10 de 14)

La biblioteca. Un cuento (10 de 14)


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10

Comenzaba a preguntarse si estaría condenado a vivir en medio de esta naturaleza salvaje, hermosa pero amenazante, cuando divisó entre dos lomas un penacho de humo. El descubrimiento lo llenó al mismo tiempo de esperanza y de temor. De todos modos, no tenía muchas opciones, si no quería vagar por el territorio hasta morir de hambre o por la mordedura de una serpiente –ya varias se habían atravesado por su camino, pero no les había concedido demasiada importancia–. Poco a poco y extremando precauciones, se acercó. Era una casa; una cabaña en realidad, al lado de una laguna. Allí iba a morir, al menos eso parecía, el arroyo que había calmado su sed unas horas antes. Era ya una hora cercana el crepúsculo, y ese humo era seguramente el de un fogón donde se estaría cocinando una cena.
Nada se movía en las afueras de la mísera vivienda, ni siquiera un par de gallinas escarbando entre el monte. La puerta permanecía abierta, pero el interior estaba demasiado oscuro para poder ver algo de lo que sucedía allí. Mi abuelo se acuchilló en el suelo, entre las breñas altas.
Después de un rato se levantó y comenzó a descender llevando la bestia de la brida. Encontró un camino. Antes de llegar a la vivienda, amarró la mula a un tocón y terminó de recorrer los últimos metros a pie. Vio los restos de un conuco: tierra yerma, ennegrecida por la acción del fuego. Un potrero vacío. Troncos, vasijas de barro desfondadas, techos caídos, tejas desperdigadas por todas partes, como si hubiera pasado un huracán.
Se asomó al hueco de la puerta. Bajo la blusa guardaba una de las pistolas; la otra la conservaba en las alforjas que llevaba al hombro.
Tocó en la madera, mientras sus ojos buscaban adaptarse a la penumbra del interior. Lo único que le resultaba distinguible con claridad era la roja brasa del fogón, de donde venía el humo que había visto a la distancia, y el olor a comida.
Después una figura que había estado sentada o en cuchillas junto al fogón se levantó y avanzó hacia él, provocando un atemorizado gesto de retroceso, por fortuna contenido en el primer paso. Digo por fortuna, porque si mi abuelo hubiera escapado –lo que parecía haberse convertido en su segunda naturaleza– en ese momento, tal vez no hubiera salvado su vida, y con seguridad, al menos, no hubiera cenado.
Repuesto del susto, advirtió que la figura que se le acercaba era bastante más baja que él, y no tenía una actitud amenazante. Más calmado, aguardó a que esta recorriera los pocos metros que la separaban de la puerta donde él aún aguardaba, y cuando estuvo a su lado, descubrió que era una niña, una joven tal vez, difícil precisarlo debajo de tanta mugre y tanto cabello revuelto y enmarañado.
Mi ilustre antepasado se presentó con un nombre falso y explicó que estaba extraviado, al tiempo que pedía permiso para pasar allí la noche.
La niña, o muchacha, lo hizo entrar y dirigió sus pasos hacia un rincón todavía más oscuro de la vivienda en el que había un lecho de lona y un anciano incorporado a medias en él. Repitió sus palabras, esta vez con más deferencia en consideración a la edad de su interlocutor, preguntándose, al mismo tiempo, si este estaría en condiciones de entender sus palabras. Por lo que podía ver, el anciano parecía seriamente enfermo. Su rostro estaba cubierto por una poblada barba blanca que no alcanzaba a cubrir sus descarnadas mejillas, sus ojos eran cuencas redondas y oscuras, su cráneo desnudo estaba cubierto de manchas. Estuvo a punto de repetir sus palabras, pensando que no habían sido escuchadas, cuando el anciano le dio la bienvenida, con palabras tan corteses y voz tan bien timbrada, que la primera impresión de debilidad y enfermedad que este le había causado desapareció al instante.


Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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