La biblioteca. Cuento (12 de 14)

La biblioteca. Cuento (12 de 14)

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12

Venga, le dijo la niña o muchacha, y fue la primera palabra que mi abuelo le escuchó, luego de que el anciano comenzó a dar cabezadas en el taburete en el que estaba sentado. Lo condujo a un rincón en el que había acondicionado –es una forma de decir– un rudimentario colchón de paja seca, dispuesta directamente sobre el suelo de tierra apisonada.
Sebastián se quitó las botas, mientras observaba a la niña tomar por un brazo al anciano y hacerlo levantarse y luego conducirlo hasta su lecho.
Ya estaba acostado, las botas a un lado, cerca de los pies, la pistola junto al costado izquierdo, entre su cuerpo y la pared, cuando esta apagó la lámpara. La oscuridad fue súbita y total; en el fogón, las últimas brasas se hallaban cubiertas de ceniza. Sintió a la niña moverse por el amplio espacio, hacia un lado y hacia otro, tocando cosas, y se preguntó si podría ver en la oscuridad. Un temor de origen supersticioso lo acometió de improviso, pero lo desechó con prontitud: tal vez aquel cobertizo transformado en vivienda era lo único que tenía la niña, con seguridad conocía todos los rincones y todas las irregularidades del piso y las paredes, y la localización exacta de cada objeto. No era extraño que se moviera con la seguridad de un gato en plena oscuridad. A la mañana siguiente trataría de hablar más con ella; también intentaría que el anciano le indicara el camino hacia la costa.
No había alcanzado a dormirse cuando escuchó ruidos en la habitación. Desde el primer momento no tuvo ninguna duda sobre la naturaleza de estos: eran el resultado de la fornicación; la actividad humana más extendida y peor comprendida, afirmo yo, no mi abuelo, que estaba simplemente consternado. ¿No había escuchado decir al viejo que aquella niña era su nieta? ¿O sólo lo había supuesto él, dando como un hecho lo que no estaba de ninguna manera demostrado? ¿Y aun cuando no fuera así, qué edad tenía aquella criatura? ¿Sería posible que fuera mayor de lo que aparentaba?
Los sonidos se hicieron más frenéticos, a la respiración agitada y estentórea del viejo, se agregó la más aguda y lánguida de la niña o lo que fuera, y quejidos y gritos. Era más de lo que Sebastián, que para entonces era un hombre joven, ya lo he dicho, podía soportar, y su mano derecha buscó la satisfacción que el cuerpo reclamaba, aunque la conciencia y la moral, y todo lo que le habían enseñado como bueno y noble, rechazaba aquel frenesí y aquel escándalo. Los quejidos subieron
de tono y se apagaron al mismo tiempo que mi consternado abuelo se estiraba en un suspiro profundo y su mano se aquietaba, mas no su espíritu.
¿Habría caído, por casualidad, en casa de unos demonios tentadores? ¿Viviría para contemplar el nuevo día, o sería devorado apenas sus ojos se cerraran, ahora que se encontraba en pecado mortal? Porque dudas no tenía de que lo que había escuchado y sentido, y él mismo realizado, era un pecado de gravísimas consecuencias.
Pobre abuelo. Claro que para él no era nada nuevo tocarse. Todos los muchachos lo hacían, y supongo que lo siguen haciendo. No era eso exactamente lo que lo asustaba, sino haber compartido el oscuro placer de los otros y haberse abismado en él. Pero a pesar de todos sus temores, el cuerpo terminó triunfando y se durmió, sin ser visitado por las pesadillas ni otros monstruos nocturnos.
Cuando hubo suficiente claridad, despertó. Su cara estaba aplastada contra la paja que le sirviera de lecho. Abrió un solo ojo. El anciano dormía a pocos metros de él, la boca abierta, sin dientes, cercada por los largos pelos de la barba. Una manta llena de retazos y zurcidos lo cubría a medias; su cuerpo flaco y pálido parecía una imagen de la muerte.
Se puso las botas, recogió la pistola y se ajustó la ropa lo mejor que pudo. La niña –o el súcubo que se hacía pasar por tal– no estaba allí.

Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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