La biblioteca. Cuento (13 de 14)

La biblioteca. Cuento (13 de 14)

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Con un estremecimiento abandonó la vivienda. De la laguna cercana soplaba un viento frío que puso temblores en su piel. Sujetándose los brazos para darse calor, miró a su alrededor. A pesar de la neblina, el paisaje era imponente: suaves colinas boscosas rodeaban el pequeño valle que se abría hacia la extensa mancha de agua, interrumpida aquí y allá por pequeñas islas de maleza. El aire vibraba con los cantos de pájaros invisibles.
Junto a las orillas fangosas estaba el ser que mi antepasado ya no sabía cómo designar. Sin pensarlo –o tal vez habiéndolo pensado mucho, tanto como para ocultarlo a su conciencia–, encaminó sus pasos hacia ella. En ese mismo instante la niña se dio vuelta y comenzó a caminar en dirección a la casa, en línea recta con mi abuelo. De su mano derecha colgaban, atados con un trozo de cordel, varios peces destripados y limpios.
Nunca supo mi abuelo cómo se inició el primer movimiento, ni quién lo inició. Su conciencia, su memoria, sólo registran el momento en que estuvo sobre la niña, envuelto en su olor a pescado y mugre como en una nube embriagante, dando arremetidas furiosas y sin control contra un cuerpo que se las devolvía de la misma manera, pegándose al suyo, absorbiéndolo, impidiéndole respirar, incendiándole las entrañas; en suma, sumergiéndole en el más intenso de los placeres carnales, insospechados en Cumaná, la de los prostíbulos portuarios, o en las haciendas de Paria, donde había conocido otra dimensión del placer con algunas negras esclavas o manumisas, o en los refinados lupanares de Puerto España, con su sabia administración de las sensaciones corporales, incluyendo los olores y sabores. Nada de eso lo había preparado para esta salvaje anulación del mundo y de sí mismo.
El mundo recuperó sus contornos, más extraordinarios en tanto que seguían siendo los mismos. El cielo, la luz de la mañana, los árboles, la apacible laguna. Todo continuaba en el mismo lugar. Estaba solo. Se levantó y adecentó sus ropas y su rostro lo mejor que pudo, que no fue demasiado. Tal vez sin darse cuenta retrasaba el momento de volver al interior de la choza. Pero debía hacerlo, así fuera nada más para recuperar sus alforjas y sus pistolas.
El viejo ya estaba despierto. Desde su lecho, lo saludó con una exclamación alegre, como si fuese un familiar al que se reencuentra luego de un largo viaje. La animación del anciano se le hacía repulsiva, una máscara que ocultaba todos los pecados imaginables. Aun así, o tal vez por eso, Sebastián le respondió con amabilidad, mientras sus ojos trataban de encontrar los de la criatura junto al fogón, pero esta se mantenía con la cabeza gacha, los cabellos sobre la cara.
Luego de comer, el viejo dio indicaciones a Sebastián sobre cómo llegar a un pueblo llamado San Rafael, en la costa, frente a Trinidad. En día y medio o dos podía estar allí, aunque le rogaba que se quedara una noche más para disfrutar de su compañía. Era difícil decir que no a quien pedía las cosas con tanta amabilidad, pero mi abuelo estaba dispuesto a marcharse de inmediato, y lo hubiera hecho si la naturaleza no hubiera decidido por él. Apenas había alimentado a la mula y
ajustado sus correajes, cuando comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia; todavía brillaba el sol y el agua relucía como cuchillos en el aire.
En segundos, las nubes se acumularon, el cielo se oscureció y una repentina noche se hizo a su alrededor. Llevó a la bestia de las bridas bajo un resto de techo junto a una pared ennegrecida y la amarró. Los relámpagos rompieron el cielo.

Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

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