La biblioteca. Cuento (14 y final)

La biblioteca. Cuento (14 y final)

14

Empapado, volvió a la cabaña.
Durante varias horas no hubo sino la lluvia, el frío y la oscuridad. El anciano se sumió en una especie de letargo, un estado en el que no parecía ni dormido ni despierto. Cuando la luz de los relámpagos se colaba por los agujeros en el techo y las grietas de las paredes, Santiago veía sus ojos abiertos, redondos, en los que no había siquiera pánico, sino un muerto estupor, y los labios moviéndose, susurrando, la sucia abertura de dientes podridos rodeada de los pelos de la barba.
La muchacha, la niña, había intentado continuar con sus labores, pero la lluvia que entraba por el techo apagó el fogón. Debieron conformarse con los últimos trozos de carne seca y casabe de Sebastián.
Hacía horas que la niña no se movía. Tras cada relámpago, Sebastián la veía en un rincón; un montón de ropas oscuras y pelo.
Al final, se durmió. Por más que nos llenen de inquietud el corazón, los relámpagos y truenos pierden su poder después de un tiempo y entonces se hacen rutinarios, monótonos, y nos conducen insensiblemente al sueño. Eso le pasó a mi abuelo. A pesar del escándalo de la naturaleza desatada, del frío y del agua de barro que le salpicaba el rostro cada cierto tiempo, no pudo sino dormir como si se encontrara en su añorada casa de Puerto España. Y, cosa por demás curiosa, lo que lo despertó fue el súbito silencio, la repentina calma del viento y el agua. Y en medio de ese silencio, los mismos jadeos y gemidos de la noche anterior, los sonidos infamantes que ahora, además, tenían otro significado: el desencadenado demonio de los celos.
Se levantó de su lecho empapado de un salto y se dirigió al del anciano en medio de la oscuridad rota por los últimos relámpagos. Tal vez diera un grito inarticulado o pronunciara alguna palabra para detener aquel acto que se le convertía en un dolor inesperado e inédito. Tal vez
bastó su presencia, de pie al lado de los que estaban acostados, y por eso más grande y amenazante, enfurecido y con una pistola en la mano derecha. Él mismo nunca estuvo seguro de cómo sucedieron las cosas. Recuerda que no podía parar de gritar, que blandía el arma ante el anciano.
Así como nació, su furor se agotó consumido por sus propias llamas.
Durmió otra vez. Al despertar, estaba amaneciendo. Apenas miró al viejo supo que estaba muerto. Tenía la boca abierta y los ojos cerrados. Su piel lucía un tono verdoso. La niña no estaba en la vivienda. La buscó por los alrededores. La llamó a gritos, no por su nombre porque no le conocía ninguno, sino con simples alaridos. No la encontró. Recogió sus cosas y se dispuso a marchar. Se sentía libre y dominado por la angustia al mismo tiempo. No se creía responsable de la muerte del anciano: sabía que él la había provocado, pero también sabía que se merecía algo peor. Al menos eso se decía al espolear a la bestia y comenzar a transitar el camino que lo llevaría a la costa si lo
que había contado el anciano era cierto. Un par de centenares de metros más adelante le salió al encuentro la niña, o la muchacha, o lo que fuera.
Por primera vez la miró a los ojos, e incluso así no pudo calcular su edad. Durante un instante sospechó que era más vieja que él y una punzada de miedo le atravesó el corazón. Pero el deseo era más fuerte. La hizo subir a su cabalgadura, delante de él, y aspiró el olor corrupto de sus ropas y su piel sin que el asco le subiera al rostro.
No relataré las etapas del camino hasta San Rafael porque no hay nada digno de mención, como no sean las paradas para comer y dormir, y para lamerse y regocijarse como dos animales legítimos. Llegaron a mitad de mañana del segundo día. El pueblo no era más que un caserío de pescadores en la desembocadura de un gran río. Los habitantes parecían ignorarlo todo sobre la guerra: su mundo era de redes y peces, de crecientes de las aguas y de la luna, de sequías y escasez. Vivían en una pobreza sólida, sin fisuras; las pocas cosas que todavía poseía Sebastián constituían para ellos un tesoro. Un cuchillo y una pistola les proporcionaron comida y bebida, un rincón donde dormir en la choza de una vieja viuda, algo de ropa usada menos mugrienta que la que llevaban.
Al final de la tarde mi abuelo se dirigió a la taberna donde lo había citado uno de los pescadores: allí discutirían el precio del viaje hasta la isla, cuyas montañas azuladas se veían perfectamente desde la playa. Su acompañante aguardó junto a la dueña de la casa, tan silenciosa una como la otra.
Ya dije que eran pobres; eran, además, huraños, duros, poco compasivos. Honestos, cumplían sus promesas, pero si podían sacar ventaja de un trato la sacaban. A Sebastián sólo le quedaba para negociar una pistola, la mula y unas pocas monedas.

Una mano lo sacudió por el hombro con brusquedad. Abrió los ojos. Dos hombres estaban a su lado. Le hicieron una seña con la cabeza y abandonaron la choza. Aún no amanecía. Contra su espalda sentía el calor del cuerpo de su compañera. Intentó incorporarse sin despertarla, pero ella debía haber escuchado a los hombres porque se levantó con agilidad, como si no hubiera estado durmiendo. Salieron juntos. Sobre las aguas del mar y del río se alzaba un camino de estrellas. Los mismos dos hombres que antes los despertaran –o tal vez fueran otros– se acercaron, tomaron a la niña por los brazos y las piernas, la sostuvieron en el aire y se alejaron hacia un grupo de viviendas. Sebastián la vio durante un rato: aun en esa circunstancia de su boca no salía sonido alguno; se retorcía, intentaba patear o morder, pero todo en silencio; luego el grupo se confundió con las sombras.
Avanzó hasta la orilla. Junto a la embarcación lo esperaban el patrón y otros pescadores. Durante un instante se miraron: comprendió que cualquier palabra estaría demás. A golpes de remo se alejaron unas decenas de metros y luego desplegaron la pequeña vela. Sebastián, empapado de la cintura para abajo, tiritaba. Alguien le pasó una botella de ron. Todavía no había tenido tiempo para el arrepentimiento y creo, de hecho, que no lo sintió jamás. Estaba salvando su vida y ese hecho simple prevalecía como una luz poderosa. Si algo sentía era una nube negra en el pecho, un dolor difuso, inarticulado, cruzado por intensas ráfagas de alivio.



Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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