El collar. Un cuento sobre la codicia y el mal (1 de 2)

El collar. Un cuento sobre la codicia y el mal (1 de 2)

Estimados amigos, este cuento se publicó hace algún tiempo y me puse a releerlo en el contaexto del libro al que pertenece. He modificado agunas partes de su final, de manera que quedó algo más largo. Opté por dividirlo en dos partes.

Espero que lo disfruten y, como siempre, quedo agradecida.

El día en que se apartó de su familia para siempre, el día posterior a esa cosa horrible que había hecho, el día en que su madre le escupió el rostro, el día en que los hombres de su pueblo comenzaron a quererlo muerto, Maximilien nadó alejándose del muelle con la idea de escabullirse en un barco mercante. El otro se fue con él. Podía verlo en la esquina de su visión, repitiendo sus movimientos en el agua, juntando las hebras de su miedo en el aire. Entre los gusanos que le comían la cabeza, podía ver un ojo blanquecino que lo miraba con lástima.

El otro se le arrimó, blandamente, y Maximilien cedió a su deseo porque estaba aterrado. Desde entonces fue el otro que le indicó qué hacer. Se escondió bajo pesadas lonas entre las cajas del mercante, un escondrijo diminuto. Luego, sólo fue la intermitencia del breve y dulce sueño vacío de imágenes con el tormento de las ratas, el hambre, la sed, el miedo a ser descubierto. Una tormenta, apenas salían del Paso de los Vientos, le prodigó la felicidad del agua junto al pánico del naufragio. Muchos días creyó que moriría por el abotargamiento de las tripas, luego de engullir bananos verdes, o por el frío que las lonas de su escondrijo no lograban detener. Había crecido en la bahía y sabía que rara vez los polizones llegaban vivos a puerto: los mataban las inclemencias o la  tripulación. Luego aparecían en la costa con la cara comida por los peces.

En esas circunstancias, su cuerpo (o el otro) hacía lo necesario para sobrevivir: se escabullía, buscaba alimento, se abrigaba como podía, cagaba. En tanto, los gusanos que le comían la cabeza se afanaban en abrir un hueco de olvido que se iba tragando sus recuerdos. Eran gusanos gruesos, fosforescentes, de un azul que hería los ojos. Podía verlos frente a sí, pero sabía que estaban en su cabeza trabajando los bordes esponjosos de la oquedad, ensanchando. Una noche vio cómo desaparecía la cara de Dominique; otra, la oscuridad se tragó la primera vez que fue a pescar con Edén; cuando estaban por arribar a Trinidad, vio desvanecerse la cara de su madre. A veces se distraía del adormecimiento que le producían los gusanos porque escuchaba un llanto de mujer que subía por momentos, rogaba, interrumpida por las voces de los marineros. Eyaculaba. Maximilien vivió pocos años luego de huir de su casa, pero aprendió en esos años a salvar de los gusanos los recuerdos que eran útiles. Pasaba esos recuerdos al otro que era todavía suave, aún niño. Cuando llegó a Puerto España, flaquísimo y tambaleante, hediondo a meados y sudor rancio, un viejo llamado Santana, seguido por  un sequito de perros famélicos, lo alimentó. Fue semejante a un amigo y Maximilien lo siguió por dos años como si fuera otro de su manada. Obtenía comida a cambio de pequeños servicios; con el tiempo llegaron a colaborar entre sí robando a los marineros, mendigaban. El viejo era hábil con los dados y le enseñó algunos trucos. También le enseñó cómo llevar una hojilla en la boca, cómo manipularla con la lengua y afirmarla en los dientes para tajear un párpado o un labio.

Pero sucedió que un día el viejo ganó un hermoso collar en una partida de dados a un haitiano recién llegado de Puerto Príncipe. Maximilien, que desde su llegada se había mantenido alejado de cualquier coterráneo, siguió el juego a distancia, dormitando a ratos encima de unos fardos. La joya era pequeña: un colgante fino con cuatro soles de oro y, entre ellos, tres esmeraldas diminutas engarzadas con gracia. Era un pequeño bosque de luz.

Y deseó la joya.

Gracias por la compañía. Bienvenidos siempre.

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