Work in progress: El encuentro (10)

Work in progress: El encuentro (10)

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De los papeles de Julio Maldonado:

¿Y bien? Aquí estoy, sin saber –ni siquiera por aproximación– por dónde –ni por qué– comenzar. ¿Qué espero de estas notas? ¿La súbita comprensión de mí mismo y el mundo? ¿Dejar constancia –¿para qué?– de mi perplejidad? Todas esas posibilidades me parecen fútiles. ¿Qué me importa a mí el mundo, y qué puedo importarle yo a él? Y sin embargo… tal vez todo sea más simple: unas experiencias, unas preguntas…

Comencemos por anoche: Mariela se quedó dormida hacia las diez. Yo leía en la cocina. De la casa de al lado me llegaban los gritos amortiguados de una discusión. Ya estaba casi acostumbrado, y apenas si lo notaba. Desde la casa del frente venía, atronadora, música de salsa. La discusión ayudaba a soportar la música y viceversa. Todo bastante habitual en el barrio obrero donde vivo. También son comunes los tiroteos, pero esa noche no los hubo. Sólo la música y los gritos que crecían y decrecían como un fenómeno natural y cíclico. Leía Putas asesinas y el acompañamiento sonoro no dejaba de parecerme adecuado. Finalmente me fui a acostar hacia la medianoche.

Mariela ocupaba su lado de la cama como recogida sobre sí misma, como si no quisiera llenar, bajo ninguna circunstancia, más lugar del que le correspondía en el lecho conyugal. Verla así, disminuida, humilde, me produjo un súbito incremento de la angustia que había sentido durante todo el día. Cuándo había comenzado esto, me pregunté. No encontré respuesta. Nos habíamos comenzado a desplazar, insensiblemente al comienzo, y cada vez más rápido en las últimas semanas, hacia una zona de vergüenza y sentimientos de minusvalía recíprocos. Ya no sabíamos qué significábamos el uno para el otro. Pero no es esto lo que quiero contar. Consigno todos estos detalles porque pueden ser importantes para la experiencia que relataré. (No sé qué es importante y qué no en este asunto, y supongo que una de las razones de estas notas es descubrirlo). Ocupé mi lugar en la cama: mi propio espacio de renuncia y humillación.

Me adormilé pronto sin llegar verdaderamente a dormir. Sentía la respiración pesada de Mariela; pequeños ruidos en la casa, como señales de otros habitantes; mi propia sangre golpeando suavemente en las ingles y en las sienes; en suma: el paso del tiempo. De esto trata todo. Del transcurrir del tiempo. En algún momento debo haberme quedado dormido, y luego desperté. Despierto. Este es el asunto.

Sé que estaba despierto porque mi conciencia así me lo indicaba, pero no estaba seguro de cuándo estaba despierto. Sabía que estaba en mi habitación, al lado de Mariela, en una oscuridad rota por débiles franjas de luz que se filtraban desde la calle y eran reflejadas por el espejo de un escaparate colocado cerca de la puerta, veía el rectángulo de la puerta, más claro que el resto de la habitación, y sombras más densas que reconocía como los muebles habituales; y sabía que también estaba en la cocina, preparando café, adormilado, luchando contra una incipiente migraña mientras escuchaba los ruidos que hacía Mariela al bañarse, y eso sucedía dentro de unas horas, cuando ya había transcurrido esta noche; había más: estaba en la habitación pequeña, donde tengo los libros y Mariela guarda su mercancía, buscando, y sin poder encontrarla, una novela de Conrad que quería releer, y eso estaba sucediendo una semana atrás, recordaba el momento mientras lo estaba viviendo: al final no encontré la novela y abandoné la habitación, pero por el momento estaba detenido en el instante de buscar, revisar títulos, quitar polvo, en una especie de repetición infinita; en el baño me miraba al espejo en un tiempo indeterminado, fracturado, distinto de los otros, sobre todo diferente del tiempo en que Mariela también estaba bajo la ducha, yo bajo la ducha mirándome frente al espejo mientras me afeitaba, mientras hacía café, mientras miraba el polvo en mis dedos en la otra habitación, cada espacio de la casa –ella misma un espacio separado de la calle, y la calle de la ciudad– en un tiempo distinto, vagamente conectados, y yo en todos. ¿Puedo considerar al yo de la cama con Mariela ubicado en un tiempo cero? Tal vez. El yo de la cama tenía conciencia de los demás –y esa conciencia incluía la de las diferencias temporales–, pero los demás existían aislados cada uno en su propia burbuja temporal.

Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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