La caida. Un cuento fantástico. Primera parte

La caida. Un cuento fantástico. Primera parte

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Estimados amigos, este relato se me presentó de manera curiosa. En un momento, tenía la voz de Paúl Arturo Roberto minando mis pensamientos. Les juro que el tipo es pesado.
Aún así, espero que les guste.
Quedo agradecida.

Cuando iba justo en bajada, cayendo irremisiblemente por el foso, recordé a Alicia. Claro, yo había ido tras un pájaro sospechosamente parecido a un conejo, no tras un conejo. En estos pensamientos ocupaba los que podrían ser los últimos instantes de mi vida.
Pobre Paúl Arturo Roberto, ¡pobre! Murió como vivió: pensando en otra cosa.
Lo cierto es que el pájaro-conejo (tampoco estaba muy seguro de que era un pájaro) pasó dando saltitos frente a mí, mientras me encontraba descansando bajo mi roble favorito del parque de robles a cuya frondosa exuberancia daba la ventana del estudio de mi abuela. Dormitaba a ratos y me despertaba cuando mi cabeza caía sobre mi hombro, con demasiado sueño como para moverme y buscar una postura más cómoda, y demasiado fastidiado por mis propias sacudidas como para dormirme del todo. Esa podría ser una excelente metáfora de mi vida si la caída (que ahora siento sospechosamente desacelerada) condujera a mi muerte. Mi abuela lo tenía claro, pues ella me había criado luego de la fuga de mis padres (fueron uno de esos casos, ¿saben? “Vamos a comprar leche para el bebé, ya volvemos”).
Chico, me decía mi abuela todo el tiempo, siempre le has puesto energía al descanso.
Y es que siempre he sido de temperamento templado. Desde que era un bebé. Comía toda mi papilla si me la llevaban a la boca. Mis profesores se olvidaban de mí con frecuencia: conocía intuitivamente el arte de desaparecer en las paredes, detrás de los pupitres, entre los pasamanos de las escaleras, en los closets y en los parques, y era bueno en eso, pues no me costaba nada quedarme quietecito y dormitar por los rincones. Un par de veces mi abuela también se olvidó de recogerme en el kindergarten; pero sólo cando había bebido mucho Anís del Mono con su té. De manera que, como entenderán, amigos, no soy el chico impulsivo que corre tras los pájaros, ni tras los conejos, sean estos de una especie inexistente o no. No soy, a decir verdad, el chico que corre. De hecho, mi abuela ha estado sobornando (o amenazando o extorsionando, según corresponda) al profesor de gimnasia de cada uno de mis cursos escolares, desde que tengo memoria. Pero es porque mi abuela me quiere muchísimo y siempre ha puesto fe en mí.
El hecho es que caigo. Y mientras caigo descubro un rasgo de mi carácter que había intuido pero que nunca se me había revelado conscientemente: tengo inclinaciones por el pensamiento filosófico. Ensayaré un poco de filosofía entonces para entretener mi descenso al averno.
Pongamos por caso este cuerpo que cae. Mientras cae, ¿cae mi alma conmigo, cae mi ser, cae mi consciencia de mí? Es sabido que estas entidades (alma, ser, conciencia) que residen en mí, pero no son mi cuerpo, se apagarán con esta carne, pero, ¿caen? Ahora mismo la sensación de escisión agobia mis sentidos, pues siento que estoy agarrado con uñas y dientes al borde del foso y, sin embargo, mi cuerpo cae. ¿Pero son reales estas impresiones o forman parte de la apariencia engañosa de lo real?
¡Ay! Es una apariencia muy buena.
Me duele todo, pero el césped es muy blando, suave como pelo de gato. Tal vez dé una cabezadita aquí mientras mi cuerpo se recupera del trauma de la caída y mi alma restablece su natural templanza. Me aovillo y echo un sueñecito.

Bien, ya estoy de vuelta y soy yo mismo. Listo para bajar esta empinada cresta de césped suavecito y blanco como el pelo de un gato blanco que camina sobre… una… colina… de césped… muy verde. Y es porque estoy caminando sobre un enorme gato blanco que trepa por una colina de césped muy verde. Además, este gato tiene pulgas, y les juro que una está tratando de morderme la pierna.


Gracias por la compañía. Bienvenidos siempre.

 

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