Las batallas nocturnas

Las batallas nocturnas

Desde hace algún tiempo trabajo en la adaptación de una novela propia al lenguaje cinematográfico. Es un proyecto que no sé si dará frutos, pero igual lo continúo porque me permite acercarme desde otro ángulo a una historia que ya conozco.
El siguiente fragmento no conserva la forma del “guion”; es un texto provisional (también lo es el título) escrito en estilo narrativo convencional, que tal vez se convierta en un par de escenas cinematográficas… o tal vez no. Pudiera terminar siendo, cosas de la escritura y el azar, germen de otra novela.
Sin más explicaciones, lo dejo para consideración de los lectores.
Saludos.

Fuente

Están el niño y un hombre. Sobre el puente de una embarcación que se acerca al puerto. El niño tiene once años, casi doce. Dentro de poco dejará de ser un niño, pero aún lo es, y como tal se emociona con el viaje, con los peces que saltan alrededor de la nave. Aunque sabe controlar su entusiasmo. Es algo que ha aprendido bien.
El hombre que lo acompaña es su tío, y es un sacerdote. De eso nadie pudiera tener dudas al ver su sotana y cómo esta ondea con el viento. Y si hubiera dudas, bastaría con mirarlo a la cara. Ahora luce hinchada por el sueño y el cansancio, y sin embargo es posible advertir en su expresión la palabra suave y la bondad hecha costumbre, como un traje que uno se pone todos los días y que siempre hace lucir bien, así se esté sudoroso y hediondo.
El sacerdote piensa en el niño y piensa en su hermano (de él, no del niño) que, según las noticas recibidas hace algunos días, se ha agravado repentinamente de una vieja enfermedad. Piensa en el alma de su hermano y en la educación del niño, que ha sido su responsabilidad durante los últimos dos años.
El niño también piensa en su padre de una forma vaga. Sabe que está enfermo y que este viaje tiene que ver con la enfermedad; no se engaña, pero prefiere apartar sus pensamientos de lo que parece importante para gozar del instante espléndido de la mañana en el mar, mientras se acercan al puerto y se perfilan en la luz las bajas casas de la ciudad, el cerro con la fortaleza –casi al pie de este cerro está su casa– y las colinas del sur, azules y grises, hoy cruzadas por nubes bajas que las hacen parecer más cercanas. Y, sobre todo, prefiere contemplar el mar, la orla de espuma blanca que rompe la quilla. El agua como una superficie brillante y engañosamente sólida, como la piel lustrosa de un animal inmenso sobre la cual se desliza la embarcación.
Es su segundo viaje por mar; el primero fue dos años atrás cuando hizo el camino inverso. Pero entonces estaba dominado por la pena del abandono y permaneció encerrado en el estrecho camarote que les asignaron a él y a su tío.
El camino que lleva del puerto hasta el centro de la ciudad es una recta de varios kilómetros de largo. Los habitantes la llaman la Calle Larga. Comienza en el puerto y termina en el puente que permite cruzar el río que divide en dos la ciudad. Si esta fuera otra ciudad, esa calle estaría bordeada, de cada lado, por frondosos árboles que dieran alivio a los viajeros que se dirigen al centro en carromatos, burros, y un tranvía tirado por caballos. Pero no ocurre así. No en esta ciudad que parece orgullosa de padecer bajo el sol.
En la calle Larga, propiamente, hay pocas casas; la mayor parte de ella está despoblada; cerca del puerto y sus almacenes se levanta un caserío que fue de indios y ahora es de mestizos. El niño contempla sus paredes de barro crudo y sus techos de palma. Morenos niños desnudos que se persiguen, ríen y gritan mientras las mujeres, ocupadas en tareas que no logra entender, los ignoran. Luego, nada. Extensión de tierra vacía; lejanos manglares, cerros de la otra orilla del golfo; maleza, árboles escasos, Y luego, la calle toma aspecto de calle, con casas a ambos lados y almacenes y unas pocas tiendas, hasta que llegan al puente de madera, y ya puede decir que ha llegado a su destino.
Se detienen bajo el dintel de la casa, en la entrada del zaguán. O mejor dicho: el niño se detiene, y como en los últimos metros ha llevado la delantera, al hacerlo estorba la marcha de su tío, que se ve obligado a detenerse también para no llevárselo por delante. Cada uno carga una maleta. La del niño es desproporcionadamente grande. La ha llevado sin quejarse porque es lo que se espera de él. El niño es delgado y de pequeña estatura para su edad.
No es el cansancio lo que impide su entrada a su propia casa, sino algo más difícil de explicar, si tuviera que explicarlo. La de llegar a un sitio propio y ajeno. El lugar donde se encuentran lo mejor y lo peor de su vida.
Luego el niño toma el asa de su maleta, la levanta, penetra en el zaguán y su fresca sombra, seguido de su tío, y pronto una sirvienta, con ciertos aspavientos, se acerca a ayudarlos.
Doña Margarita, la madre del niño –hay que decirlo, aunque resulte más o menos obvio–, está de pronto allí, y el niño siente que las cosas que habían permanecido soterradas, que había mantenido bajo control hasta ese momento, están a punto de aflorar, pero no; a él no le pasará eso. Contempla a su madre al rostro y esta le devuelve una mirada en la que se reflejan sus mismos ojos azules.
La madre aún no ha cumplido los cuarenta años. Es una mujer bajita, de rostro atractivo, enérgico, que parece esperar a que la reten para llevar la contraria, cuyo cuerpo se ha llenado de redondeces por seis partos en menos de doce años. Un moño alto corona su cuerpo vestido de ropas negras.
–Cuñada… –dice el sacerdote–. Vinimos lo antes posible.
–Padre… Me temo que ya es muy tarde.
Y entonces se dirige al niño. Este no se ha acercado a ella, ni ella a él. Permanecen rígidos, como figuras de una representación ritual o como extraños que se ven obligados a compartir una situación embarazosa.
–Ven, José Antonio. Acompáñame. Deja la maleta donde está.
Caminan hacia el interior de la casa. El sacerdote, repentinamente inseguro, aguarda inmóvil en la sala. El patio interior exhala frescura –las macetas y flores han sido regadas hace poco–, y el alero sobre el pasillo proporciona una sombra bienhechora que el niño no advierte.
Toda su atención está volcada en la puerta de la habitación de sus padres. Es una maciza puerta de madera tallada con líneas rectas que forman ocho recuadros. Él conoce bien su aspecto, pero en este momento en realidad no la ve; es la idea de una puerta, un objeto, o un espacio o un objeto en el espacio, que atravesará para ir a otra parte. Sabe, sin ninguna duda, que una vez que cruce la puerta –¿cómo lo hará si sigue cerrada? –, se encontrará en un lugar en el que no quiere estar y desde el cual no hay regreso. Escucha el ruido que hacen las ropas de su madre al caminar a su lado: es un leve crujido, como las alas secas de los insectos. De ellas proviene un olor de colonia y polvos, y apenas perceptible, otro de sudor que le trae la imagen de sí mismo muy pequeño en brazos de la mujer que camina a su lado, que lo mantiene adherido a su cuerpo por lazos invisibles e irrompibles. Mantiene la misma distancia, medida en centímetros, pero con un esfuerzo de su ánimo, de su espíritu, más exactamente, se aparta de ella; estira el lazo pero no lo rompe.
La habitación está iluminada por cirios que impregnan el aire de un fuerte olor a cera. Sobre la cama está el cuerpo del padre. Vestido con ropas negras. Las manos cruzadas sobre el pecho. En las sombras provocadas por las pequeñas llamas, el rostro, dominado por el gran bigote, luce como acabado en piedra. El rostro de un desconocido severo que cavila profundamente con los ojos cerrados.
El niño se acerca a la cama. Se limpia la cara con el dorso de la mano derecha, aunque no está llorando. Piensa que tal vez debería hacerlo.
–Tu padre murió anoche.
Siente la presión de la mano de la madre sobre el hombro izquierdo, conminándolo a arrodillarse. Dobla las rodillas. Su rostro está a pocos centímetros del de su padre. Un sentimiento de pesar y de agravio lo inunda.
–Debes rezar por el descanso de su alma.
No piensa lo que hace y es, tal vez, la última ocasión en la que actúa así.
Da media vuelta, aún de rodillas, y empuja a su madre por el vientre haciéndola retroceder. Luego sale corriendo de la habitación.

 

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