Cultura Sabelotodo

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Cultura Sabelotodo

Saludos a todos

El otro día, después de recoger a una de mis hijas del colegio, tomamos un autobús y presenciamos un casi-accidente en la Plaza Miranda de Cumaná.

En el semáforo de Las Palomas con final de la Calle Montes un carro, que trataba de evitar chocar con dos guardias nacionales que estaban haciendo una de las cosas que mejor hacen (conducir sus motos como si estuvieran en Derby de Demolición) ligeramente “golpeó” (?) a un niño que cruzaba la calle con su mamá.

Hubo una gran conmoción en el bus y, aunque pudiera escribir todo un post sobre lo que se hizo mal en ese semáforo en términos del tipo de mal manejo y mala conducta peatonal que practicamos por acá, quisiera escribir sobre lo que hizo la mayoría de la gente que iba en el bus, lo cual es algo que consideramos peculiarmente venezolano (quizás otras culturas hacen lo mismo, ustedes me dirán).

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Los latinos en general son estereotipados como ruidosos e inquisidores (por decirlo de alguna manera). Yo diría que los venezolanos tienden a exhibir algunas conductas que se corresponden con este estereotipo. En esta ocasión se botaron.

Milisegundos después que el bus frenara abruptamente habían unas 20 voces gritando alguna teoría sobre lo que acababa de pasar frente a nosotros. Algunas de las teorías más descabelladas venían de la parte trasera del bus (la cocina), desde donde nadie pudo haber visto nada (especialmente con el gentío que iba parado).

El bus había golpeado al niño
El bus había golpeado a la madre
** El bus había golpeado a ambos peatones**
** El bus había golpeado la moto, matando a ambos uniformados** (probablemente ese fui yo, pensando en voz alta).

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Después de algunos segundos y la confirmación de que nadie en efecto había sido golpeado, la gente en el bus empezó a gritarle improperios a los guardias que iban en la moto, lo cual se está viendo más a menudo. La gente, hasta cierto punto, le ha perdido el respeto y el miedo que solían tenerles a los militares y están empezando a expresarle públicamente lo harta que está de sus abusos y violaciones de las leyes.

Luego, casi simultáneamente, empezaron a sacar las cabezas por la ventana del bus para darle instrucciones a la madre del niño: “anote la placa”, “llévelo al hospital”, llévelo al comando de la guardia nacional”, “denúncielos”, “vaya al centro de protección de la mujer”, y pare usted de contar.

Todo esto pasaba en cuestión de segundos, pasamos el semáforo y avanzamos sobre el Puente hacia la Calle Mariño y la gente seguía discutiendo sobre lo que debió haber ocurrido allá atrás. Primero, empezaron a especular sobre quien tuvo la culpa. Seguro que fue la madre, que cruzó la calle con la luz equivocada. Probablemente fue el chamito. Obviamente fueron los guardias. El tipo del carro…

Ya me estaba asqueando. Todos hablaban casi al unísono. Quería bajarme del autobus, pero estaba a unas 10 cuadras de la casa y era medio día. No tenía ganas de caminar. Posteriormente, los sabelotodo empezaron a especular sobre las heridas que el niño habría sufrido, de seguro: desde un simple raspón hasta algunas costillas rotas que no notaran sino hasta el día siguiente, hasta derrame interno y posible daño cerebral.

Para que nadie fuera a decir que eran profetas del desastre o meros especuladores, todos aportaron sugerencias sobre el tratamiento a seguir para curar las heridas del niño: desde hojas de mango hasta ensalmos. Sus curas venían de sus propias experiencias en accidentes automovilísticos, los cuales cada uno empezó a relatar, también casi que simultáneamente. Era como si estábamos en una especie de terapia de grupo y se nos daban temas de conversación que debíamos agotar en grupos espontáneamente creados y cuyos interlocutores podían rotarse a placer con cada nuevo tema.

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Finalmente llegué a mi parada y me sentí liberado al bajarme de ese autobus y de toda esa gente enmarañada en esa loca y estéril conversación. Probablemente, cada uno de ellos llegó a casa y continuó la especulación sobre lo que pasó con el niño, la madre, los tipos en la moto o el chofer del carro, solo que esta vez miembros de sus familias, que ni siquiera estaban presentes, añadirán sus propias teorías como si ellos estuvieron en primera fila.

¿Qué carajo estoy haciendo? ¡Me he convertido en uno de ellos!

Gracias por su visita. Dejen sus comentarios. No vaya a ser que me ponga a especular respecto de las razones por las cuales no comentaron…

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