Crímenes contados: centro y periferia desde la violencia y el crimen en nuevos autores del relato negro venezolano (Parte 1)

Crímenes contados: centro y periferia desde la violencia y el crimen en nuevos autores del relato negro venezolano (Parte 1)



Estimados amigos. Hoy retomo mis textos críticos.
Me parece qu vale la pena volver a publicar este artículo.
Trata un género que me apasiona y me da la oportunidad de dar a conocer algunos escritores regionales que aprecio por su gran talento (pero ellos aparecen al final, así que paciencia).
Pueden encontrar la versión primaria (sin la revisión a que la someto aquí) en la revista Argos Vol. 29 Nº 56. 2012 / pp. 17-39.
Espero que encuentre nuevos lectores.
Como siempre, quedo agradecida.

Los relatos policiales latinoamericanos han realizado su propia lectura de los principios formales y temáticos que sostuvieron el desarrollo del género en manos de sus exponentes ingleses, norteamericanos y franceses más prestigiosos. Diversas genealogías describen el itinerario de transformaciones y rupturas que transita desde Edgard Allan Poe y Sir Arthur Conan Doyle, pasando por Dashiell Hammett y Raymond Chandler, hasta complejidades más actuales. Esta relectura es asumida de manera particular desde el comienzo en Latinoamérica, aun por los cultores del género aparentemente más cercanos a los principios de construcción clásicos. Piénsese, por ejemplo, que los textos policiales reconocidos como fundacionales, los de Jorge Luis Borges, son acercamientos paródicos (en clave jocosa o seria) al relato de enigma al estilo inglés: Seis problemas para Don Isidro Parodi (1942/2003) y “La muerte y la brújula” (1944/1986). Como se
observa, publicaciones aparecidas cuando ya el policial norteamericano de estilo duro obraba en un terreno ganado al agotamiento del policial clásico, y desde su deslinde se había fortalecido explorando realidades y áreas más oscuras asociadas al relato de crímenes.
No obstante los riesgos que implica toda generalización, se podría afirmar que el policial latinoamericano encara su relectura del género delineando, de obra en obra, rasgos más reconocibles del muy violento rostro de la región. Lee la tradición anglosajona y francesa poniendo sus acentos más en Jim Thompson, Horace McCoy y Ja mes Cain que en Raymond Chandler, Dashiell Hammett o Georges Simenon, autores mucho más reconocidos. Esta lectura oblicua de la
tradición armoniza con la inclinación de esta estética a destacar la descomposición moral, la corrupción institucional y la incompetencia y negligencia judicial.
Son estos rasgos estético-ideológicos pilares de las atrevidas exploraciones desde el grotesco lingüístico, el registro poético y la sordidez temática ejecutadas por Rubem Fonseca (desde los años sesenta, pero especialmente ilustradas en un libro de cuentos como El cobrador (1970)). Podría percibirse también muy claramente esta línea en la preocupación sociopolítica y el manejo explícitamente sórdido del tópico sexual como metáfora de la descomposición social en Leonardo Padura Fuentes, o en el manejo de la escatología en muchos relatos de Paco Ignacio Taibo II y de Santiago Gamboa.
Trátese de cuentos o novelas, el policial latinoamericano ha sabido manejar estos elementos en construcciones que implican conceder mayor importancia al contexto social de ocurrencia de los delitos, ocuparse más de la exploración psicológica y moral del investigador, el criminal o la víctima. En definitiva, priorizar elementos que solapan, cuando no pasan a un lugar muy secundario, la fórmula básica de crimen-investigación-resolución. En los términos de la teoría de la
ficción, el policial latinoamericano logra su consolidación desplazando al centro de sus estrategias algunos elementos preconvencionales, como los marcos referenciales y el régimen de creencias y prácticas sociales comprendidos en el sistema de las ideas y conductas que los miembros de una comunidad interpretativa reconocen como menos institucionalizados (1).

Los relatos policiales latinoamericanos han realizado su propia lectura de los principios formales y temáticos que sostuvieron el desarrollo del género en manos de sus exponentes ingleses, norteamericanos y franceses más prestigiosos. Diversas genealogías describen el itinerario de transformaciones y rupturas que transita desde Edgard Allan Poe y Sir Arthur Conan Doyle, pasando por Dashiell Hammett y Raymond Chandler, hasta complejidades más actuales. Esta relectura es asumida de manera particular desde el comienzo en Latinoamérica, aun por los cultores del género aparentemente más cercanos a los principios de construcción clásicos. Piénsese, por ejemplo, que los textos policiales reconocidos como fundacionales, los de Jorge Luis Borges, son acercamientos paródicos (en clave jocosa o seria) al relato de enigma al estilo inglés: Seis problemas para Don Isidro Parodi (1942/2003) y “La muerte y la brújula” (1944/1986). Como se
observa, publicaciones aparecidas cuando ya el policial norteamericano de estilo duro obraba en un terreno ganado al agotamiento del policial clásico, y desde su deslinde se había fortalecido explorando realidades y áreas más oscuras asociadas al relato de crímenes.
No obstante los riesgos que implica toda generalización, se podría afirmar que el policial latinoamericano encara su relectura del género delineando, de obra en obra, rasgos más reconocibles del muy violento rostro de la región. Lee la tradición anglosajona y francesa poniendo sus acentos más en Jim Thompson, Horace McCoy y Ja mes Cain que en Raymond Chandler, Dashiell Hammett o Georges Simenon, autores mucho más reconocidos. Esta lectura oblicua de la
tradición armoniza con la inclinación de esta estética a destacar la descomposición moral, la corrupción institucional y la incompetencia y negligencia judicial.
Son estos rasgos estético-ideológicos pilares de las atrevidas exploraciones desde el grotesco lingüístico, el registro poético y la sordidez temática ejecutadas por Rubem Fonseca (desde los años sesenta, pero especialmente ilustradas en un libro de cuentos como El cobrador (1970)). Podría percibirse también muy claramente esta línea en la preocupación sociopolítica y el manejo explícitamente sórdido del tópico sexual como metáfora de la descomposición social en Leonardo Padura Fuentes, o en el manejo de la escatología en muchos relatos de Paco Ignacio Taibo II y de Santiago Gamboa.
Trátese de cuentos o novelas, el policial latinoamericano ha sabido manejar estos elementos en construcciones que implican conceder mayor importancia al contexto social de ocurrencia de los delitos, ocuparse más de la exploración psicológica y moral del investigador, el criminal o la víctima. En definitiva, priorizar elementos que solapan, cuando no pasan a un lugar muy secundario, la fórmula básica de crimen-investigación-resolución. En los términos de la teoría de la
ficción, el policial latinoamericano logra su consolidación desplazando al centro de sus estrategias algunos elementos preconvencionales, como los marcos referenciales y el régimen de creencias y prácticas sociales comprendidos en el sistema de las ideas y conductas que los miembros de una comunidad interpretativa reconocen como menos institucionalizados (1).

1.- Según Thomas Pavel (1989), operaciones de interpretación y explicación de textos ficcionales como el reconocimiento de un estado alternativo de mundo, determinación de la distancia respecto del mundo factual, adaptación del contexto ontológico, expansión y contracción, y discriminación de las convenciones constitutivas y preconvenciones, no deben ser entendidas como exclusivamente individuales sino como una de las formas que habilitan al individuo para participar en el fenómeno cultural de las representaciones imaginarias.

Gracias por la compañía. Bienvenidos siempre.

 

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