Un sueño comentado | Cuento (4)

Un sueño comentado | Cuento (4)

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Imagino o sueño, dentro del mismo sueño, lo siguiente: Mario Pasanni nació en el seno de una familia corsa en El Morro de Puerto Santo, a pocos kilómetros de Carúpano, en la última década del siglo XIX. Sus padres habían emigrado pocos años antes a aquella tierra prometida, como muchos de sus coterráneos, atraídos por los cuentos de riquezas fabulosas. Algo de verdad habría en aquellas historias, pensaban los padres de Mario, ya que ellos habían visto con sus propios ojos a más de un retornado despilfarrar el dinero conseguido en las haciendas de cacao de Paria. El nombre mismo de la región sonaba atractivo, como el de una fruta olorosa de color encendido.
Pero el destino, la inclinación o la suerte, no le depararon a Giuseppe Pasanni un lugar entre los hacendados, tampoco fue de los muchos que arrastraron una vida tan miserable como la que hubieran podido tener en las calles de Bastia. Se hizo carnicero, y en esa profesión prosperó y a
partir de ella levantó su casa y educó a sus hijos.
Mario se crió en Carúpano, hospedándose en casa de familiares dedicados al comercio. Carúpano era entonces, con mucho, la ciudad más importante del oriente de Venezuela. La intensa actividad de su puerto la mantenía comunicada con las islas del Caribe, principalmente Trinidad –donde muchas familias enviaban a sus hijos a estudiar inglés y establecían casas comerciales–, así como Estados Unidos y Europa.
Las compañías teatrales y musicales que visitaban el territorio nacional con zarzuelas y dramas históricos solían comenzar sus presentaciones por esta ciudad, y las innovaciones técnicas –como el tranvía y el telégrafo transoceánico– encontraban a una población ávida de novedades, políglota y de cierto cosmopolitismo. Todo este dinamismo lo permitía el cacao. Por el cacao la ciudad vivía y pagaba lujos que sólo Caracas, la lejana capital, podía igualar. En comparación, Cumaná, la capital de la provincia, era una aldea; eso sí, orgullosa hasta la extravagancia de su pasado sangriento y guerrero, sus héroes y poetas.
Es posible que Mario viviera un tiempo en Trinidad. Era lo que acostumbraban las familias para que sus miembros más jóvenes aprendieran inglés. Con seguridad se encontraba en Caracas en la primera década del siglo veinte, cursando estudios de Derecho en la Universidad Central.
En 1910 una epidemia de gripe afecta a la capital de la república. Miles de personas enferman y cientos de ellas mueren; el pánico está en las calles, y como medida de prevención, las autoridades cierran los institutos educativos, entre ellos la Universidad. Muchos estudiantes regresan a sus ciudades nativas. También Mario piensa en el regreso, pero Caracas, aún bajo la peste, le resulta un lugar fascinante. Tiene, además, la arrogante presunción, propia de los jóvenes, de que a él nada puede pasarle. A medida que la enfermedad avanza, las calles se llenan de procesiones y penitentes, y de los incensarios sube el humo hacia el inclemente cielo. Las oraciones, las rogativas, las exclamaciones de desamparo y dolor de los que avanzan por las calles llevando imágenes, pequeños y grandes santos de yeso pintado, estampas multicolores, rosarios anudados entre las manos, resultan un espectáculo sorprendente y algo macabro.
A Mario no lo conmueve el sentimiento religioso revelado en los rostros y los cuerpos torcidos o inclinados sobre sí mismos como si quisieran hurtar su contemplación al Dios iracundo que había ordenado la peste, sino el simple dolor humano, el miedo y la angustia ante la muerte. Por las noches se reunía con un grupo de amigos universitarios en un bar cercano al centro, todos tan descreídos, o tan seguros de su victoria ante la destrucción que se cernía sobre la ciudad, como él mismo. El número de los reunidos era variable, casi todos caraqueños, aunque no faltaba algún oriental, como él mismo.
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Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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