Un sueño comentado | Cuento (5)

Un sueño comentado | Cuento (5)

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Comentaban lo visto, comparaban el número de muertos de ese día con el anterior, amplificaban los rumores y, a medida que las horas pasaban, se reían de cualquier cosa. Uno de los compañeros habituales trajo a un amigo y luego de los comentarios de rigor sobre el curso de la enfermedad, este explicó que buscaba actores para una película que estaba por comenzar su rodaje. Mario se interesó de inmediato. Había visto ya algo del cinematógrafo en los meses que tenía viviendo en Caracas; aun siendo un entretenimiento minoritario, bastante alejado de la pasión que despertaban el teatro y la zarzuela, el público de este comenzaba a crecer y él se encontraba entre sus devotos partidarios.
A la mayoría de los contertulios eso del cine les parecía una curiosidad científica destinada a desaparecer pronto, otros, en cambio, se entusiasmaban hasta el ardor ante las imágenes en movimiento.
Al día siguiente, acompañado del recién conocido, Mario abordó el tren con destino a los Valles del Tuy. El paisaje transcurría apacible en las ventanillas; primero cerros bajos y verdes, y luego campos, vacas, hombres de ropa blanca y amplios sombreros negros, mujeres de faldas sucias. Mario miraba alternativamente por la ventanilla y leía un libro de poemas de Leopoldo Lugones. Su compañero apenas si abría la boca, las señales de la resaca eran demasiado evidentes y pasó la mayor parte del tiempo dormitando.
En la estación los esperaba –aunque tal vez sería más exacto decir que esperaba a Rigoberto Plank, el guía de nuestro joven amigo– una muchacha preciosa a bordo de un automóvil tan nuevo y lujoso que todavía no había tenido tiempo de desgastar sus llantas. Mario no sabía a quién dedicar más admiración, si a la muchacha que tendió hacia él una mano lánguida y fina pero de huesos resistentes, o a las líneas aerodinámicas de la máquina que concentraba la fuerza y la belleza del nuevo siglo.
Como sea, la muchacha, de quien Mario no logró escuchar el nombre en esa ocasión, besó a Rigoberto en una mejilla y entregó su mano para ser besada por Mario, y luego, con un cascabelear de risas y comentarios que Mario entendía sólo a medias, partieron con una velocidad que Mario califica de “vertiginosa, digna de Faetón” por caminos de tierra pero en buen estado, hacia el lugar donde los esperaba el resto del equipo.
Mario anotará en su diario, varios años después porque para ese momento carece de la perspectiva necesaria para afirmaciones tan trascendentes, que ese fue el día más importante de su vida.
Encuentran a la troupe en un momento de descanso, lo que aprovecha Rigoberto para presentar a Mario al director. Este es un joven espigado y elegante, de gesto reconcentrado y al mismo tiempo distraído, como si su atención estuviese reclamada por pensamientos y sucesos más importantes que los que transcurrían a su alrededor.
Pregunta si Mario tiene experiencia en el teatro. Este reconoce, algo compungido, que muy poca –en realidad no tiene ninguna, pero no se atreve a confesarlo–. “Mejor”, dice el joven director, “el cinematógrafo requiere de otras habilidades”. Mario no logra adivinar a qué habilidades se refiere, pero prefiere preguntar: “¿En qué consistirá mi trabajo? ¿Qué papel debo desempeñar?” El director lo mira con su vaga mirada perdida. “No se preocupe, llegado el momento lo sabrá. Ahora puede ir a cambiarse de ropa. Rigoberto lo acompañará”.
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Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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