Un sueño comentado | Cuento (6)

Un sueño comentado | Cuento (6)

Fotograma de Viaje a la luna
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La conversación tiene lugar bajo la sombra de un porche de techo de madera de una casa de hacienda, oloroso a cacao. El resto del equipo técnico y actores ocupa diversos asientos de cuero, las mujeres se abanican, mientras dos criadas sirven bebidas. La joven conductora ha desaparecido de la vista. Mario todo lo mira y trata de comprender qué es exactamente lo que se hace allí. Al fin, resignado, a una indicación de su guía, penetra en el interior de la casa.
A través de un largo pasillo flanqueado de columnas de madera, Rigoberto lo conduce a un cuarto de puertas enormes. Allí le indica un armario y unas ropas de campesino, escrupulosamente limpias, como no deja de notar Mario. Mientras se cambia de ropa, primero con embarazo al desnudarse y luego, con un imaginario encogimiento de hombros, con indiferencia, Rigoberto enciende un cigarrillo y comienza a hablar.
“Finí llegó de París hace unos meses, y ya tenía en la sangre la enfermedad del cinematógrafo, una enfermedad que nos ha contagiado a todos y que pronto se extenderá por todo el país, como ya se ha extendido por el mundo –hasta ese momento no entendió Mario que Finí era el nombre del joven director, y se preguntó si eso podía ser un nombre real, o más bien un apelativo, un nom de guerre–, hechizando la imaginación de los hombres y mujeres. ¿Sabes con quien trabajó en París? Nada más y nada menos que con Georges Méliès, el genio del espectáculo, el mago de las pantallas –Mario se amarró la correa de cuerda y se calzó una de las alpargatas; pensó que su compañero tenía tendencia a las hipérboles–, el hombre que asombró a la más sofisticada audiencia del mundo con sus sorprendentes actos de desaparición y sus historias fantásticas. ¿Has escuchado de Méliès? ¿Viste Viaje a la luna?”
Mario confesó que no, lo que pareció decepcionar un poco a Rigoberto.
“No importa; Finí es su más destacado continuador, un verdadero artista y no un simple imitador; todo lo que Méliès pudo enseñarle ya lo aprendió, y ahora está entre nosotros, sus compatriotas, sus amigos, sus discípulos, para transmitirnos el secreto de las imágenes en movimiento”.
A estas altura hacia ya rato que Mario había terminado de vestirse y se encontraba convertido en un peón, sólo le faltaba el sombrero de cogollo y Rigoberto recogió uno del suelo y se lo encasquetó en la cabeza, ladeando un poco el rostro para apreciar el efecto, que debió ser satisfactorio, puesto que sonrió y le dio una suave palmada en el hombro.

Desanduvieron el camino. Una parte de la troupe continuaba bajo la sombra, pero Finí estaba junto a un pequeño aparato de manivela montado en un trípode. La joven conductora, vestida con un traje que debió de pertenecer a su abuela, estaba a su lado. Un apuesto joven con ropas de hacendado se golpeaba las botas con una vara flexible; lucía un bigote malvado. Un poco más allá, inmóvil sobre un caballo inmóvil, otro joven de la misma edad de Mario parecía aguardar una orden. Hay algo irreal en la escena, o al menos así le parece a nuestro amigo, algo que está más allá de la artificialidad de los trajes, incluyendo el que él mismo lleva, un estar ahí que es como si no estuvieran en ninguna parte, en ningún tiempo, como si sus vidas pasadas, futuras, actuales, fueran un dilatado sueño.

Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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