Un sueño comentado | Cuento (8)

Un sueño comentado | Cuento (8)

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8
Se cruzaban palabras como si Mario no se encontrara allí, pero eso en realidad no lo molestaba; prefería mirar y escuchar a aquellas gentes que apenas un día antes le eran desconocidas. No trataba de imaginar nada de ellas, ni de adivinar tampoco, se limitaba a registrar como el ojo de la cámara que Rigoberto le había enseñado, sin la pretensión de juzgar ni comprender.
Berenice, por ejemplo. Era hermosa, de eso no había ninguna duda, y talentosa, quién podría negarlo. Pero ¿quién era, en realidad? ¿Cuál era su relación con el hombre que tenía a su lado, y cuál con el que tenía al frente? Ambos parecían fascinados por ella, y a ambos ella parecía corresponder. A menos que no correspondiera a ninguno, y se limitara repartir sus gracias entre todos los que la admiraban, distribuyendo sonrisas y miradas significativas que no significaban nada. El pobre Mario no lo advierte, pero ya ha sucumbido a la tarea de hacer conjeturas y sacar conclusiones, a pesar de su manifiesta voluntad de ser solo como el ojo de la cámara, imparcial, sin apetencias, sin expectativas.
La voz de Finí se eleva un momento sobre el confuso murmullo general de las conversaciones, y poco a poco, a medida que las otras voces hacen respetuoso silencio, la suya es la única que se escucha en el amplio comedor y a pesar de que se dirige a Berenice todos escuchan:
“El cine, querida, es una máquina de producir imágenes bellas, apasionadas, no hay cabida en él para lo feo y lo sin gracia. Lo grotesco, tal vez, pudiera tener un lugar; porque lo grotesco posee en sí mismo una cualidad que lo acerca a la belleza: la facultad de conmovernos, de estremecernos, de alcanzar un grado superior de la conciencia. Sin embargo, lo feo, lo simplemente feo, no es capaz de arrancarnos de nosotros mismos; a lo más nos impulsa a volver la cara con una mueca de desagrado, y lo olvidamos, damos paso a la siguiente sensación, que esperamos sea verdadera. Y el cine sólo se ocupa de las sensaciones verdaderas, de lo que nos conmueve hasta los cojones, con el perdón de las damas presentes. Por eso mis actrices y actores, ustedes, queridos amigos y queridas amigas, son un ramillete de bellezas. ¿De qué otra manera entender la apasionada mirada mediterránea del peón interpretado por nuestro nuevo amigo Mario? ¿Ustedes han visto a un peón de verdad? ¿A uno de estos roñosos, de pies cuarteados, de ojos hundidos por la fiebre amarilla, piel arrugada y olor a tabaco y vaca que nos sirven? ¿Se los pueden imaginar en la pantalla despertando otra emoción que no sea la risa? En cambio, Mario es perfecto en su papel de peón, con sus grandes ojos oscuros y su tez blanca y saludable, su maldad sólo es comparable con su belleza. ¿No te parece, querida Berenice, no crees que tengo razón y que todos lo amarán cuando lo vean en la pantalla?”
Objeto de todas las miradas, Mario enterró la suya en el plato de carne asada que había estado devorando segundos antes. Aun así, pudo notar los ojos de Berenice y la sonrisa que se formaba en sus labios. Por supuesto, la escuchó decir, siempre tienes razón.


Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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