Un sueño comentado | Cuento (9)

Un sueño comentado | Cuento (9)

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9
Más tarde, mucho más tarde, Berenice y Mario coincidieron en la veranda de la casa. Fue un encuentro casual. La cena había derivado en pequeña fiesta, con licores y música, y Mario había perdido hacía tiempo su rastro. Bailó y bebió en abundancia y, sintiéndose mareado, decidió salir a tomar un poco de aire fresco. Se apoyó en una columna. Inspiró hasta llenar por completo sus pulmones y dejó escapar el aire con lentitud. La noche, tal vez ya la madrugada, era, para decirlo con palabras del propio Mario, “serena, de brillantes estrellas en el negro terciopelo del cielo”. Y había también, en el aire, un fuerte olor a bestia proveniente de los cercanos potreros.
De allí vio venir a Berenice: cruzaba el espacio vacío y cuadrado como una plaza frente a la casa. A la débil luz de la media luna, no reconoció sus facciones sino cuando la tuvo muy cerca, y entonces, no sabe por qué, fue presa de una súbita sorpresa. Berenice puso una mano sobre su antebrazo, como si necesitara apoyarse en él, o para confortarlo, y le preguntó qué hacía allí, alejado de todos. Él le refirió su pasajero malestar. Ella asintió con un levísimo movimiento de cabeza. Luego dijo: “¿Qué te parece nuestra pequeña compañía y todo esto, te sientes a gusto? ¿No somos mortalmente aburridos? Creo que cualquiera tendría que morirse del fastidio escuchando a Finí y sus eternos planes. ¿Sabes que esta es la tercera película que hacemos? No, por supuesto que no; ¿cómo podrías si apenas nos estás conociendo? De todos modos, nadie lo sabe porque no se ha exhibido ninguna. Perfeccionismo, dice Finí. Yo no digo nada. Es mi amigo y basta. Continuaremos con él, o él con nosotros, hasta que veamos nuestros nombres en una pantalla. Suena vanidoso, pero es otra cosa. Algún día te lo explicaré, si no te asustas y te vas”.
Mario permaneció en silencio. Intuía que ella no esperaba una respuesta; por otra parte, tampoco estaba en condiciones de decir nada coherente, así que prefirió fijar en ella una mirada que esperaba fuera significativa y expresiva, una mirada que lo ayudara a parecer mayor y lo acercara a la presentida complejidad de la muchacha, con seguridad sin lograrlo: la imagen de ella se hacía borrosa, lejana, traslúcida, al tiempo que un penetrante silbido llenaba sus oídos. Se halló más mareado que minutos antes, como si la presencia misma de Berenice lo intoxicara.
Esa noche, acompañado de sus pensamientos desordenados y de los ronquidos de dos compañeros de habitación sumidos en vapores alcohólicos, pasaba revista a los acontecimientos del día y al nuevo mundo que se le revelaba delante y detrás de la pequeña caja negra; había algo poderoso en ese mundo de tragedias ficticias y amores simulados.


Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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