La cultura del yo no sé, yo no vi nada o no te puedo decir.

La cultura del yo no sé, yo no vi nada o no te puedo decir.

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Hace poco escribí sobre un aspecto típico de la cultura venezolana, el pretender saberlo todo y sentirse en posición de opinar y hacer a otros cambiar de parecer. Paradójicamente, los venezolanos también son capaces de asumir una postura de silencio sepulcral cuando se trata de no meterse en peo.

En parte pudiéramos llamarlo cobardía, en parte instinto de sobrevivencia. En una sociedad donde la impunidad campea y donde las instituciones militares pueden actuar con absoluta arbitrariedad sin tener que rendirle cuentas a nadie, es difícil para un ciudadano común, correr riesgos en situaciones de denuncias de crímenes violentos o corrupción.

El problema radica en que hasta en lo doméstico, en las cosas más menudas que pudieran dilucidarse si tan solo se tuviera a la mano la información necesaria, los venezolanos recurren a un grado 33 parcial, según el cual se dice el pecado, pero no el pecador. Ante la pregunta, “¿Quién te dijo eso?” o “¿Cómo lo sabes?”, viene el famoso “una persona” o “un pajarito” (frase hasta graciosa antes que Maduro la volviera objeto de burla).

Supongo que al igual que las culturas del chisme, las intromisiones y las exageraciones, la cultura del yo-no-sé/no-me-preguntes también pudiera ser universal y tener manifestaciones matizadas en diferentes países. Lo cierto es que en el mío se vuelve una actitud harto odiosa considerando la opacidad en la que nuestros dos últimos presidentes han sumido el país por 20 años. El celo excesivo por recurrir a una falsa sensación de protección solo agrava la cultura de la impunidad.

Seguimos viendo y oyendo sobre robos, agresiones, corruptelas, componendas que destruyen reputaciones y proyectos pero seguimos lavándonos las manos como Pilatos. Eso, por supuesto hasta que la verdad-dicha-a-medias nos afecta en lo personal, situación en la cual invocamos fervorosamente la doctrina del full-diclosure, del sin-que-me-quede-nada-por-dentro, del no-seamos-cómplices.

Vemos esta paradoja más dramáticamente en los colegios, donde los niños aprenden a temprana edad la dualidad de una cultura que los enseña a señalar y a ocultar con el mismo dedo. De ahí se deriva otra “cultura” o práctica sobre la cual hablaré en otra oportunidad, la del “mi-hijo-no-fue.” Esos niños crecen y se convierten en profesores, abogados, políticos y militares. Creo que por ahí se puede dar respuesta a la pregunta retórica de por qué el país se nos volvió tan corrupto.

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