Un sueño comentado. Cuento (11)

Un sueño comentado. Cuento (11)


11
Por la narración en primera persona de su diario me entero de que Pasanni sacó de la cárcel al capitán –¿también propietario?– del barco, para poder comprárselo.
(Si se lo compra al capitán es forzoso que este sea, además, propietario. No sé por qué los sueños abundan en estas ambigüedades)
Lo veo acercándose a la celda donde el capitán y otro hombre pelean a puñetazos, mientras escucho en mi cabeza resonar su voz al describir los olores del calabozo y la penumbra de los pasillos de la cárcel. La reja de la celda, cubierta de pintura marrón, es barroca, suntuosa. Pasanni piensa –lo escucho, lo leo– que el capitán sería un buen personaje de su película; lástima que el otro hombre deba desaparecer.
(¿Por qué debe sacrificar un personaje? ¿Quién es el otro hombre?)
Pasanni ha llegado el día anterior al puerto de Carúpano. Quiere filmar una película, aunque no sabe sobre qué. Sólo está seguro de que en ella debe aparecer un barco, un viejo vapor de mercancías que haga la travesía de las islas. Trae y lleva pasajeros y carga de San Martin a Santa Lucía, de Santa Lucía a Trinidad; de Trinidad a Güiria y Porlamar.
Pregunta en el puerto y le señalan una vieja y noble embarcación que conoció tiempos mejores, pero que todavía luce sólida y en buen estado. En un bar se entera de que el dueño y capitán es un armenio borracho y medio loco llamado Labejdiam o algo así. En ese mismo momento se encuentra detenido por una pelea. Cuando Pasanni llega a la prefectura, se encuentra al armenio comenzando otra pelea con su compañero de celda. Es allí donde aparece la reja labrada con extrañas florituras que aunque me mataran no podría explicar qué significa. Algo importante debe ser, digo.
El capitán no parece demasiado impresionado con el proyecto de Pasanni. Le pregunta de qué trata su película. Este reconoce que aún no tienen la historia completa, pero en ella debe haber un barco, porque los espacios marinos son sinónimos de libertad, de espiritualidad, de todo lo bueno que anida en el corazón de los hombres. El capitán ríe y luego pregunta cuánto está dispuesto a pagar por el alquiler de la embarcación. No quiere venderla.
El joven cineasta dice una cifra que al marinero le parece aceptable. “En dos semanas comenzaremos el rodaje –dice eufórico Pasanni mientras levanta su copa y hace que Labejdiam lo acompañe–, ¡señalaremos un nuevo rumbo en el cine nacional!”
Hay una laguna más o menos importante. El joven hace varios intentos por rodar su película, no tiene mucho dinero pero lo consigue recurriendo a familiares y entusiasmando a varios comerciantes de Caracas. Les ha convencido de que piensa filmar la gesta del general Gómez contra los caudillos sediciosos en las selvas orientales. Han pasado veinte años desde que el General desbaratara los planes de estos; el país está en calma; el gobernante se ha apolillado en la seguridad de su mandato, los opositores están muertos, en las cárceles o en el exilio.
(A mi modo de ver, la historia misma del intento de filmación es la película)
Gómez es tan natural como la época de lluvia o de sequía, pero todos comprenden la conveniencia de sumar adulación a la adulación.


Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.

 

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